postrelato

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No programa ‘El Postre‘ de radio 3, que me encanta, teñen unha sección chulísima, similar ao que fai Sonia en Las Erinias e noutros sitios tamén. Eles propoñen o principo dunha historia e os oíntes teñen que continuala. O caso é que o ‘postrelato’ desta semana estaba retorcido: non había que poñerlle final ao conto, senón principio. Había que facer un relato que rematase coa frase “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí…” En realidade isto non é unha frase, senón un conto en si mesmo, un dos máis curtos da historia da literatura, escrito por Augusto Monterroso, un escritor de Guatemala que se especializou nos relatos hiperbreves.

En fin, que como me gusta o programa e me gustou o conto de Monterroso animeime a participar. Aquí está o meu postrelato, a ver se vos gusta. Podedes ler os que fixeron outros radioíntes aquí, no blog do programa. E creo que hoxe pola noite ( o programa emítese de 23.00 a 00.30) lerán algúns.

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Llegaba tarde, otra vez. Todos sus compañeros estaban ya en las mesas, observándole mientras cruzaba la oficina, con las cabezas asomadas sobre los ordenadores. Se sentó en su sitio, la ventanilla del fondo, aunque el banco estaba cerrado al público. Últimamente había mucho trabajo y al menos una vez a la semana tenían que hacer el papeleo por la tarde. Era principio de mes, así que había nóminas, pensiones y préstamos que revisar. Sólo mantuvo un breve charla sobre cine en la que, debido a un mal cálculo, coincidió en la máquina de café. Cuando dieron las ocho, recogió los expedientes y tiró a la papelera la hoja que había llenado con garabatos y letras. Se despidió de Lucas y se fue.
Decidió ir a la pastelería. No tenía ganas de hablar , y mucho menos de soportar las simplezas de aquella mujer, la dueña del negocio, pero le apetecía una tartaleta de manzana. Además, pensó que a lo mejor tenía suerte y no estaba ella, sino su marido. Cuando entró, no había nadie tras el mostrador. Carraspeó para que le oyeran, y cruzó los dedos mientras escuchaba a alguien acercarse desde el horno. Al verla que era ella, se sintió viejo y defraudado.
-Qué, ¿cómo va la crisis? ¿Muchos morosos?
-Pues… tirando. Una tartaleta de manzana, por favor –dijo rápido y frío. No le importaba ser maleducado. Quería dejar claro que no estaba de humor para conversaciones retóricas, pero ella insistió.
-¿Y este que mató a sus hijos y se suicidó por las deudas? –Dijo la pastelera girándose hacia él y agarrando la tartaleta con unas pinzas– Hombre, por muy mal que estés, matar a tu familia es muy fuerte. La gente pierde la cabeza…
-Sí, la verdad, es una pena. Bueno, gracias. Adiós
Se comió el dulce en apenas tres bocados, caminando. Fue al supermercado a comprar unas cervezas para la partida del sábado y algo de comida. Al salir, se paró frente a la frutería del otro lado de la calle. Un a señora encorvada apuntaba con el dedo hacia el fondo del mostrador, señalando a la tendera las manzanas más maduras. Se preguntó por qué él nunca iba a aquella frutería, ni a la pescadería de al lado, y por qué seguía comprando la ropa en grandes almacenes y cadenas multinacionales.
De camino a casa, en el coche, comenzó una de esas tertulias radiofónicas sobre la actualidad. Enseguida cambió de emisora. Hacía tiempo que evitaba los informativos y, sobre todo, las tertulias. No podía soportar la vehemencia con la que los opinadores defendían su opinión, ni el gravísimo sentido de la moralidad de sus rotundidades. Él prefería las radios musicales, donde ponen canciones y hablan de los músicos y de la vida.
Cuando llegó, Eva ya estaba en la cama, dormida, aunque había dejado la luz de la habitación encendida. El ruido de la nevera, las cervezas y la televisión la despertó.
-Ey –dijo ella desde la habitación.
-Hola.
-¿No vienes a dormir?
-Si, me fumo un cigarro y voy.
-Bueno. Apaga la luz, anda.
Después de más de media hora de teletienda, consiguió apagar la televisión. Tardó otra hora en levantarse del sofá, ir al baño y luego a la habitación. Cuando entró, Eva se había destapado mientras dormía y tenía los hombros al descubierto. Se le veía el tatuaje. Él odiaba aquel tatuaje. Eva se lo había hecho antes de conocerle, cuando salía con un paleontólogo muy místico al que seguía viendo de vez en cuando.
Al principio, le resultaba original y gracioso. Incluso presumía de que su novia tenía un braquiosaurio tatuado en la espalda. Ahora, lo veía como algo vulgar y ridículo, impropio de su pareja. Y cuando trataba de convencerse de que todavía la quería, aquel estúpido dinosaurio le recordaba cada noche que ni Eva, ni nada, merecía la pena.
Apagó la luz y encendió la radio. Se quedó dormido escuchando una canción sobre un hombre que quería volver al pasado. Le pedía a la madera que volviera a ser árbol, y a los hombres, que fueran niños otra vez.
Cuando se despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

4 comentarios

  1. mola pi, pero forzaches un poco co do tatuaje, que hay que ser moi animal para tatuarse eso … non sei… un pijama de dinosaurios ou un colgante , algo asi seria mas creible, pero mola e sólo por criticar un pouco.
    o/

  2. Botareille un olliño… ou os dous ^__^
    A ver qué se coce por eses lares, moi inspirado o posrelato Pi, se fas máis avisa!!

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